Don Anónimo vivía pero no tenía a nadie. Estaba casado hace cinco años con Julieta y vivían con sus dos hermanos desde que vivían juntos (nadie sabe si eran los hermanos de él o los de ella).
Don Anónimo no tenía a nadie, y eso mismo le decía a Fulano los viernes en el bar cuando estaban ebrios antes de quererse mucho. Fulano le decía que lo tenía a él, a lo que Anónimo respondía que era lo mismo y Fulano lloraba porque se sentía utilizado.
Cada mañana Anónimo iba a correr con Rocío por los pastos de todas las casas, pero nunca nadie los veía. Sabían que habían pasado; aunque no tenían cómo dudarlo ni cómo probarlo, siempre lo sabían.
Anónimo trabajaba con Rosario escribiendo reseñas de libros que no leían, por si tal vez tenían suerte y escribían algo certero. Lo increíble es que, por lo general, sus reseñas eran totalmente acertadas y su trabajo era considerado de excelente calidad.
Anónimo volvía a casa en el bus de las seis, que siempre iba lleno y él, por lo tanto, nunca iba sentado.
Un día en que ya no había más que inventar sobre los libros, salió temprano del trabajo, tomó el bus que no iba tan lleno, se fue sentado, llegó a casa y encontró a Julieta con Romeo; aunque sintió rabia lo dejó pasar porque, en el fondo, sabía que Julieta se sentía sola, y es que cuando Anónimo y Julieta estaban juntos estaban solos. Así Anónimo vivía una vida común y corriente, llena de gente... pero era una vida de soledad.
Una soledad tan concurrida y ajetreada que ni certeza tenía de estar muy solo; pero lo estaba.
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