sábado, 4 de abril de 2015
Una noche de verano.
Y me desespera no hacer lo que debería estar haciendo. Cierro los ojos y trato de relajarme. No estoy aquí. O sí, estoy; pero no ahora. Hace dos meses, puede ser. Voy en bici, es de noche, sólo estoy yo en la inmensidad, excepto porque hay un conejo en la ciclovía. Paso al lado de él. Es un conejo, es la ciclovía, es verano, ¿qué?, me siento melancólico, es culpa de Roberto. Es un conejo. Tan extraño como puede ser ver un conejo en la calle nocturna. Me detengo y miro atrás. Es un conejo. Me devuelvo a pie, la bici al lado, y lo sigo. Se escapa de mí. Lo sigo siguiendo. Se sigue escapando. Se mete a una casa. Ojalá que sea la suya. Me voy a la mía. Abro los ojos y me alegro porque logré relajarme. Fue una noche como ésta... sí. En mi cama, cuando no había amor. Cierro los ojos. El ruido es el mismo, la calle es la misma, el clima es el mismo, el aire es el mismo, la cama es la misma, ¿y yo? Yo quiero ser el mismo, en parte porque me aburría de no tener nada que hacer, y eso me gustaba, pero más que nada porque sólo tenía una expectativa de mí mismo que aún podía cumplir.
Juan casi-sincero.
Frente a frente. La Ana mira al Juan, y se pregunta cómo fue capaz. El Juan mira a la Ana y se pregunta si va a decir algo. La Ana lo sigue mirando; lo mira con una mezcla entre desconcierto y odio. El Juan mira a la Ana y se saca un moco, lo hace pelota, lo empuja con un dedo, ¡y chao moco! Silencio incómodo (para la Ana, al Juan parece que poco le importa). La Ana toma aire, se lo contiene, y en una exhalación le dice que cómo pudo, que si acaso no la ama, y el Juan se limita a decirle que no pregunte hueás, que así son los hombres, que el pico manda, que la Carla está rica; que la ama, pero que está aburrido. La Ana llora. El Juan no se siente con ánimos para lo de siempre (que el Juan la caga, que la Ana llora, que la promesa del nunca más, que los besos de sal, que las caricias huecas... que al Juan no le importan, porque la Ana no le importa, pero no soporta que ella esté lejos) y le pregunta si lo va a patear o no; y le dice que, si no, que haga el almuerzo luego. La Ana lo mira atónita. El Juan se saca otro moco.
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