sábado, 29 de junio de 2013

De repente.

Le robó un beso de repente. Porque de repente todo pasa y de repente se podrían perder por siempre.

Casi casi.

Porque te tengo
y no
porque no te tengo
y quiero sentir
que sí.

Sí,
que tu cuerpo
y mi cuerpo
son, una vez más,
uno solo
o casi casi.

Y que no fue
en vano
decirte que te quiero
y que no es en vano
quererte tanto.

Pero sí es en vano
callar lo que se siente
e imaginar tu piel
y nuestros cuerpos que
poco a poco, se complementan
entre sí.

Y tratar de verte
ahí donde no estás
y tratar de encontrarte
ahí en quien no estás.

Porque estoy harto
de verte en todas partes
y que nunca seas tú.

Siempre te veo en espejismos
en autoengaños
son tretas que yo hago
y en las que caigo
las que me hacen verte,
escucharte antes de dormir
y apenas al levantar,
y sentir tu recuerdo
... y no.

Que me faltas tú
y de veras tú
¿No te falto,
aunque sea un poco?
¿No me encuentras
al menos en algunas partes?
¿No te suena mi voz
algunas noches
antes de dormir?

Dime que sí,
ojalá que sí.
O, al menos:
Casi Casi.

Mañana.


Siento como si mañana
mi vida fuera a darse vuelta
en un cambio radical
una emoción total.

Quiero como si mañana
hago un gran descubrimiento
te encuentro y te amo
y que nunca me arrepiento.

Espero de Mañana
espero yo del viento
lo que no me trajo hoy
venga mañana, aunque lento.

Pienso como si Mañana
llego al entendimiento
de los qué y los por qué
que esta noche no entiendo.

Temo como si Mañana
me tuviera en un suspenso
de ofrecerme tantas cosas
y al final, con una sonrisa
muy coqueta en los labios
a mí se acercara y,
en mi oído,
susurre "miento".

Y por miedo al mañana
a que juegue con lo que siento
quiero,  espero y pienso 
es que hoy todo se acaba;

no soporto este sufrimiento.

Pero nunca nunca.

Siempre tú y siempre yo,
a veces nosotros

A veces estás a mi lado
y siempre dentro de mí.

A veces no creo en mí
siempre creo en ti

A veces me siento solo
y otras me siento sólo contigo

A veces te beso
a veces tú me besas
a veces en los labios
y otras veces en el alma

A veces somos amantes
y siempre somos amigos

A veces me haces sentir
lo que no sentí nunca
me das la libertad que busqué
y que no encontré en mi soledad

A veces hablamos de todo:
de la gente, el amor y la vida

Y a veces no hablamos,
porque mirarnos es, siempre es,
comunicarnos de verdad

A veces pasas a mi lado
no me miras
pero entiendo que
tu corazón
me miró hasta donde pudo
y más allá

A veces yo no te miro
dices que sientes
y que sepas que
es mentira
porque siempre te miro
hasta donde me dan los ojos
y si pestañeo es
para mirarte de nuevo; y más fuerte.

Encontrarme en ti.


No fue hace tanto
ni fue hace poco
fue sólo un día como hoy
en que estaba perdido;
no en un lugar,
ni en un momento,
sino en la vida.


Buscando
un punto de referencia
me topé contigo
con tus manos
con tu mirada
con tu sonrisa
sobre mucho,
con tu mente
y sobre todo contigo.

Y qué bonito fue
porque fuiste mi mapa
y mi camino,
de ida y vuelta,
por los lugares más y
por los lugares menos.

No te pedí
porque no te sabía
y ahora que te sé
te pido conmigo
sólo un día más
todos los días.

Y qué bonito fue

perderme en la vida

y encontrarme en ti.


¿Cierto?

Llego en 20 minutos. Ok, son 14 estaciones y se demora casi que 1’30”  por cada estación, así que debería llegar en 20 minutos. La cosa es que en la estación número 12 se sube ella. No entienden lo importante que es, así que le daré más importancia con el lenguaje paraverbal: se sube Ella… Ella ¿Se fijan? Ella: de unos 20 años, de pelo castaño, con la partidura más o menos a un costado, mejillas perfectamente tiernas (tienes que verlas para entender a qué me refiero), ojos color miel, nariz respingada y labios perfectos para besar (sí, también tienes que verlos para entender). Ella: que usa, pantalones ajustados, un abrigo color beige y una bufanda que no dejan ver más abajo de su mentón. Ella: que se siente como cautivadora, que me cautivó. Ella: que se sube al metro, mira en rededor, a mí, en rededor de nuevo, a mí de nuevo y decide pararse a mi lado… como si nada. Como si escuchar música fuera muy interesante, como si observar las puertas cerrarse fuera más importante que yo. ¿Se fijan? Es evidente que Ella es “el sueño”, y lo sabe. Es evidente que le quiero hablar, nos miramos a los ojos cuando entró; ella es como yo. ¿Por qué se iba a parar a mi lado si no era para que le hablara? En fin: Ella está ignorándome como si fuera un gobierno y yo las demandas sociales.

 Quiero hablarle. Debo hablarle. ¿Cómo lo hago? No puedo –estación número 11–. No puedo. Sí puedo. Me giro y… no puedo. Está escuchando música y es muy, muy incómodo sentir que interrumpes a alguien. Pero es Ella, así que debería arriesgarme y listo. Arriesgarme y ver qué pasa. Me giro de nuevo (¡Sí puedo!) en su dirección, la miro y descubro que me estaba mirando, siento cómo me sonrojo. Ok. Gírate al frente y respira con calma. Inhalo, exhalo, inhalo, exhalo… –estación número 10–. Miro a la gente bajar y siento un ajetreo en mi brazo; noto que se me pone rígido el cuerpo, la piel de gallina. Ella se baja aquí. Miro con cierta desesperación hacia su lado y noto que no, que sólo estaba buscando algo de su bolso; una manzana. Aún tengo tiempo, pero me doy cuenta de que tal vez son menos de 15 minutos, de que ella se podría bajar en cualquiera de las que quedan antes de la mía, y de que eso podría ser el final de todo. No quiero pensar que será así, pero de todos modos debo asumirlo como una posibilidad. Me miro en el vidrio de la puerta, lo uso de espejo y me acomodo un mechón de pelo tras la oreja mientras la miro.

 Pasaron 3 estaciones  (ahora vamos en la 6) y no le hablé. Pasa que en la 8 baja mucha gente, porque es de combinación con otra línea, y siempre quedan asientos vacíos. Entonces, cuando estábamos en la 8, después de que ellos bajaron y dejaron asientos vacíos, Ella miró en mi dirección (estábamos muy cerca, asumí que me miraba a mí), hizo un ademán como de sacarse los audífonos (ya saben, manos a la cabeza) y luego se arregló el pelo y se encaminó a un asiento que estaba dos metros por detrás de mí. ¿Qué se cree? Me ha lanzado fintas todo el viaje. 

–Estación número 5– Ella sigue ahí; sentada con su música y su manzana. La miro y me mira, y no fingimos que es casual ni que miramos a otra parte: nos miramos a los ojos por más de 13 segundos (pero menos de 14) y luego aparta la vista, así que yo hago lo mismo. Lo hacemos unas 3 veces y ya estamos en camino a la estación número 2.

Son 3 minutos.  ¿Qué puedo hacer en 3 minutos? Podría sólo pedirle su número de celular, meto la mano buscando mi celular para decididamente pedirle el suyo... pero no lo haré. No tiene lógica: me atrae de sobremanera y no entiendo por qué.  ¿Qué puedo hacer? Podría ir, robarle un beso y después bajarme. Creo que sería suficiente para mí  ¿o no? –estación número dos – Me volvió a mirar ¿será que sabe que es mi momento de bajar? ¿Por qué no se saca los audífonos? ¿Será que pararse a mi lado fue su seña para que le hablara? No entiendo nada.

Estación número  uno.

La miro a los ojos por últimas vez; dos segundos y nada más. Luego miro en frente y salgo del tren. Se inicia el cierre de puertas. Espero a que estén completamente cerradas y me doy vuelta hacia el tren. Allí está, mirando por el vidrio. Me mira, indudablemente me mira a mí. Lanza un beso y luego mira hacia otro lado, como queriendo darme a entender que eso es todo, que la olvide y que ella me olvidará. Ok, puedo con eso. ¿Cierto?