sábado, 29 de junio de 2013

¿Cierto?

Llego en 20 minutos. Ok, son 14 estaciones y se demora casi que 1’30”  por cada estación, así que debería llegar en 20 minutos. La cosa es que en la estación número 12 se sube ella. No entienden lo importante que es, así que le daré más importancia con el lenguaje paraverbal: se sube Ella… Ella ¿Se fijan? Ella: de unos 20 años, de pelo castaño, con la partidura más o menos a un costado, mejillas perfectamente tiernas (tienes que verlas para entender a qué me refiero), ojos color miel, nariz respingada y labios perfectos para besar (sí, también tienes que verlos para entender). Ella: que usa, pantalones ajustados, un abrigo color beige y una bufanda que no dejan ver más abajo de su mentón. Ella: que se siente como cautivadora, que me cautivó. Ella: que se sube al metro, mira en rededor, a mí, en rededor de nuevo, a mí de nuevo y decide pararse a mi lado… como si nada. Como si escuchar música fuera muy interesante, como si observar las puertas cerrarse fuera más importante que yo. ¿Se fijan? Es evidente que Ella es “el sueño”, y lo sabe. Es evidente que le quiero hablar, nos miramos a los ojos cuando entró; ella es como yo. ¿Por qué se iba a parar a mi lado si no era para que le hablara? En fin: Ella está ignorándome como si fuera un gobierno y yo las demandas sociales.

 Quiero hablarle. Debo hablarle. ¿Cómo lo hago? No puedo –estación número 11–. No puedo. Sí puedo. Me giro y… no puedo. Está escuchando música y es muy, muy incómodo sentir que interrumpes a alguien. Pero es Ella, así que debería arriesgarme y listo. Arriesgarme y ver qué pasa. Me giro de nuevo (¡Sí puedo!) en su dirección, la miro y descubro que me estaba mirando, siento cómo me sonrojo. Ok. Gírate al frente y respira con calma. Inhalo, exhalo, inhalo, exhalo… –estación número 10–. Miro a la gente bajar y siento un ajetreo en mi brazo; noto que se me pone rígido el cuerpo, la piel de gallina. Ella se baja aquí. Miro con cierta desesperación hacia su lado y noto que no, que sólo estaba buscando algo de su bolso; una manzana. Aún tengo tiempo, pero me doy cuenta de que tal vez son menos de 15 minutos, de que ella se podría bajar en cualquiera de las que quedan antes de la mía, y de que eso podría ser el final de todo. No quiero pensar que será así, pero de todos modos debo asumirlo como una posibilidad. Me miro en el vidrio de la puerta, lo uso de espejo y me acomodo un mechón de pelo tras la oreja mientras la miro.

 Pasaron 3 estaciones  (ahora vamos en la 6) y no le hablé. Pasa que en la 8 baja mucha gente, porque es de combinación con otra línea, y siempre quedan asientos vacíos. Entonces, cuando estábamos en la 8, después de que ellos bajaron y dejaron asientos vacíos, Ella miró en mi dirección (estábamos muy cerca, asumí que me miraba a mí), hizo un ademán como de sacarse los audífonos (ya saben, manos a la cabeza) y luego se arregló el pelo y se encaminó a un asiento que estaba dos metros por detrás de mí. ¿Qué se cree? Me ha lanzado fintas todo el viaje. 

–Estación número 5– Ella sigue ahí; sentada con su música y su manzana. La miro y me mira, y no fingimos que es casual ni que miramos a otra parte: nos miramos a los ojos por más de 13 segundos (pero menos de 14) y luego aparta la vista, así que yo hago lo mismo. Lo hacemos unas 3 veces y ya estamos en camino a la estación número 2.

Son 3 minutos.  ¿Qué puedo hacer en 3 minutos? Podría sólo pedirle su número de celular, meto la mano buscando mi celular para decididamente pedirle el suyo... pero no lo haré. No tiene lógica: me atrae de sobremanera y no entiendo por qué.  ¿Qué puedo hacer? Podría ir, robarle un beso y después bajarme. Creo que sería suficiente para mí  ¿o no? –estación número dos – Me volvió a mirar ¿será que sabe que es mi momento de bajar? ¿Por qué no se saca los audífonos? ¿Será que pararse a mi lado fue su seña para que le hablara? No entiendo nada.

Estación número  uno.

La miro a los ojos por últimas vez; dos segundos y nada más. Luego miro en frente y salgo del tren. Se inicia el cierre de puertas. Espero a que estén completamente cerradas y me doy vuelta hacia el tren. Allí está, mirando por el vidrio. Me mira, indudablemente me mira a mí. Lanza un beso y luego mira hacia otro lado, como queriendo darme a entender que eso es todo, que la olvide y que ella me olvidará. Ok, puedo con eso. ¿Cierto? 

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