Llego
en 20 minutos. Ok, son 14 estaciones y se demora casi que 1’30” por cada estación, así que debería llegar en
20 minutos. La cosa es que en la estación número 12 se sube ella. No entienden
lo importante que es, así que le daré más importancia con el lenguaje paraverbal:
se sube Ella… Ella ¿Se fijan? Ella: de unos 20 años, de pelo
castaño, con la partidura más o menos a un costado, mejillas perfectamente
tiernas (tienes que verlas para entender a qué me refiero), ojos color miel,
nariz respingada y labios perfectos para besar (sí, también tienes que verlos
para entender). Ella: que usa, pantalones ajustados, un abrigo color beige y una bufanda que no dejan
ver más abajo de su mentón. Ella: que se siente como cautivadora, que me cautivó. Ella:
que se sube al metro, mira en rededor, a mí, en rededor de nuevo, a mí
de nuevo y decide pararse a mi lado… como si nada. Como si escuchar música
fuera muy interesante, como si observar las puertas cerrarse fuera más
importante que yo. ¿Se fijan? Es evidente que Ella es “el sueño”, y lo
sabe. Es evidente que le quiero hablar, nos miramos a los ojos cuando entró; ella es como yo.
¿Por qué se iba a parar a mi lado si no era para que le hablara? En fin: Ella está
ignorándome como si fuera un gobierno y yo las demandas sociales.
Quiero hablarle. Debo hablarle. ¿Cómo lo
hago? No puedo –estación número 11–. No puedo. Sí puedo. Me giro y… no puedo.
Está escuchando música y es muy, muy incómodo sentir que interrumpes a alguien.
Pero es Ella, así que debería arriesgarme y listo. Arriesgarme y ver
qué pasa. Me giro de nuevo (¡Sí puedo!) en su dirección, la miro y descubro que
me estaba mirando, siento cómo me sonrojo. Ok. Gírate al frente y respira con
calma. Inhalo, exhalo, inhalo, exhalo… –estación número 10–. Miro a la gente
bajar y siento un ajetreo en mi brazo; noto que se me pone rígido el cuerpo, la piel de gallina.
Ella se baja aquí. Miro con cierta desesperación hacia su lado y noto que no,
que sólo estaba buscando algo de su bolso; una manzana. Aún tengo tiempo, pero
me doy cuenta de que tal vez son menos de 15 minutos, de que ella se podría
bajar en cualquiera de las que quedan antes de la mía, y de que eso podría ser
el final de todo. No quiero pensar que será así, pero de todos modos debo
asumirlo como una posibilidad. Me miro en el vidrio de la puerta, lo uso de espejo y me acomodo un mechón de pelo tras la oreja mientras la miro.
Pasaron 3 estaciones (ahora vamos en la 6) y no le hablé. Pasa que
en la 8 baja mucha gente, porque es de combinación con otra línea, y siempre
quedan asientos vacíos. Entonces, cuando estábamos en la 8, después de que
ellos bajaron y dejaron asientos vacíos, Ella miró en mi dirección (estábamos
muy cerca, asumí que me miraba a mí), hizo un ademán como de sacarse los
audífonos (ya saben, manos a la cabeza) y luego se arregló el pelo y se
encaminó a un asiento que estaba dos metros por detrás de mí. ¿Qué se cree? Me ha lanzado fintas todo el viaje.
–Estación número 5– Ella sigue ahí; sentada con su música y su manzana. La miro y
me mira, y no fingimos que es casual ni que miramos a otra parte: nos miramos a
los ojos por más de 13 segundos (pero menos de 14) y luego aparta la vista, así
que yo hago lo mismo. Lo hacemos unas 3 veces y ya estamos en camino a la
estación número 2.
Son 3 minutos. ¿Qué puedo hacer en 3
minutos? Podría sólo pedirle su número de celular, meto la mano buscando mi celular para decididamente pedirle el suyo... pero no lo haré. No tiene lógica: me atrae de
sobremanera y no entiendo por qué. ¿Qué
puedo hacer? Podría ir, robarle un beso y después bajarme. Creo que sería
suficiente para mí ¿o no? –estación
número dos – Me volvió a mirar ¿será que sabe que es mi momento de bajar? ¿Por
qué no se saca los audífonos? ¿Será que pararse a mi lado fue su seña para que
le hablara? No entiendo nada.
Estación número uno.
La miro a los ojos por últimas vez; dos segundos y nada más. Luego miro en
frente y salgo del tren. Se inicia el cierre de puertas. Espero a que estén
completamente cerradas y me doy vuelta hacia el tren. Allí está, mirando por el vidrio. Me
mira, indudablemente me mira a mí. Lanza un beso y luego mira hacia otro lado,
como queriendo darme a entender que eso es todo, que la olvide y que ella me
olvidará. Ok, puedo con eso. ¿Cierto?
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