sábado, 4 de abril de 2015
Una noche de verano.
Y me desespera no hacer lo que debería estar haciendo. Cierro los ojos y trato de relajarme. No estoy aquí. O sí, estoy; pero no ahora. Hace dos meses, puede ser. Voy en bici, es de noche, sólo estoy yo en la inmensidad, excepto porque hay un conejo en la ciclovía. Paso al lado de él. Es un conejo, es la ciclovía, es verano, ¿qué?, me siento melancólico, es culpa de Roberto. Es un conejo. Tan extraño como puede ser ver un conejo en la calle nocturna. Me detengo y miro atrás. Es un conejo. Me devuelvo a pie, la bici al lado, y lo sigo. Se escapa de mí. Lo sigo siguiendo. Se sigue escapando. Se mete a una casa. Ojalá que sea la suya. Me voy a la mía. Abro los ojos y me alegro porque logré relajarme. Fue una noche como ésta... sí. En mi cama, cuando no había amor. Cierro los ojos. El ruido es el mismo, la calle es la misma, el clima es el mismo, el aire es el mismo, la cama es la misma, ¿y yo? Yo quiero ser el mismo, en parte porque me aburría de no tener nada que hacer, y eso me gustaba, pero más que nada porque sólo tenía una expectativa de mí mismo que aún podía cumplir.
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