miércoles, 4 de febrero de 2015

Julieta.

Volví bien de noche. Me sentía nostálgico y, además, estaba borracho (tal vez fueron efecto y causa, o causa y efecto). Un martes cualquiera. Me paré en el umbral de la casa, la puerta dando a la calle, y me puse a buscar las llaves. Un tacto duro y frío en mi nuca; una voz que no conozco me amenaza. Se llevaron todo lo que pudieron, y lo que no, lo destrozaron. Mis libros y fotos, a la tina: agua, caos y borrones do otrora hubo recuerdos invaluables.

Me tiraron en la cocina, atado de pies y manos, la boca amordazada, y prendieron el gas. Se fueron y me dejaron en el piso, con una muerte pronta y una evidencia que se iba a borrar sola. Una muerte pronta, pero, al menos, indolora. Morir perdiendo la consciencia, lentamente, hasta que lo que veo y lo que sueño se pierden en una línea etérea. Ahí estaba. Tirado en el piso, lejos de dormir por la anestesia, empecé a pensar en todo lo que había hecho con mi vida, y traté de no pensar en lo que no había hecho, porque no quería que fuera justamente eso lo último en lo que pensara.

Recordé a Julieta.

Julieta era una niña que, como yo, Luis Esteban, vivía en unos blocks por ahí por el centro. Una niña común y corriente, quizás muy buena para sonreír (pero ¿quién dice que eso es malo?). Éramos casi uno, muy íntimos, pese a que yo estaba más bien oculto. Sus amigos no sabían de mí, aunque yo sabía mucho de ellos, quizás tanto como la mismísima Julieta.

Eventualmente Julieta se fue a vivir a otro lado, y también me fui yo. Podría decirse que la estaba siguiendo. Por los 15 años tuvo una crisis de identidad, de ésas que le dan a casi todas las adolescentes, supuse, y dejamos de vernos porque ella ya no quiso saber de mí.

Pasaron los años y un día, Julieta vino a buscarme, a decirme que me extrañaba y que quería que volviera a su vida. Al poco tiempo me dijo que era realmente feliz. Pero supe, pese a lo que decía, que se sentía incómoda. Yo sabía que no era realmente feliz, o no habría venido a buscarme. Se sentía incómoda siendo ella, por extraño que pueda sonar, y yo la hacía sentir bien. Conocí su cuerpo de cabo a rabo; recorrí su piel entera: su cuello, sus pechos, sus glúteos, sus piernas, su sexo también lo conocí. Sabía qué le gustaba y qué no, porque Julieta y yo éramos, realmente, casi uno. Pero no éramos uno, y Julieta era infeliz siendo ella. Así fue que un día Julieta cambió su ropa, su peinado y sus actitudes, un cirujano cambió su sexo, y un juez su nombre. Así fue que dejé de ser Julieta y me convertí en Luis Esteban.

Aquí estoy ahora, cruzando la línea entre la vigilia y el eterno sueño, atado de manos y pies en el piso de mi cocina, y veo el horno desde acá. Su vidrio hace de espejo, y me miro, quizás, por última vez. Trato de sonreír pese a la mordaza, y desde el espejo veo que Julieta me devuelve la mirada de pánico, pero sonríe, con la sonrisa de alguien que, quizás, es muy bueno para sonreír (pero ¿quién dice que eso es malo?).

No hay comentarios.:

Publicar un comentario