viernes, 16 de enero de 2015

La ciudad.

Una ciudad gris
se levanta ante mí
pretendiendo que
sus ciudadanos son felices.
Mientras es gobernada
por la opresión
el despotismo y la negación.
Desde una atalaya él vigila:
Es el panóptico; él es.

La gente que camina
mira al piso; y avanza (pero no)
paso, paso, paso
algunos con apuro
otros con descanso.
Ninguno mira
la mirada lánguida
que, muy manifiesta, trata de esconder
otra persona.

Orgullosos se yerguen
la ciudad gris y su gente
de sus avances y sus frutos:
De efímeros avances, y de secos frutos.
Y la ciudad lo sabe, y ellos lo saben,
y él lo sabe. Pero se conforman
en saber que avanzan y dan frutos.
Aunque avanzan hacia ningún lado
porque se mueven por moverse,
y aunque nunca comerán sus frutos,
porque son repugnantes.

Pretenden ser felices en esa ciudad
que es gris y melancólica
de gente pusilánime.
Vigilados muy de cerca por él:
El Gran Hermano.
En la ciudad de
frutos secos y avances
que no avanzan.

La ciudad existe. Y la ciudad soy yo,
y ellos soy yo, y él soy yo,
desde su atalaya; que también
soy yo.
Sus avances soy yo, y sus frutos
también.

Pero a la vez, y sin sorpresa, nunca seré yo.
Y esa ciudad no existe más que cuando,
a veces, existo yo.

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