De repente recuerdas que la felicidad es eso que pasa entre y durante los momentos. La vida no es justa, niño, supéralo. ¿Y qué podemos hacer entonces? Soy imperfecto. Soy un hombre, y eso nunca es perfecto. No planteo (ni planeo) ser perfecto, porque, para empezar, ésa es la antítesis del género humano. Se dice que el hombre no es perfecto, pero sí perfectible ¿Lo es? ¿Es perfectible? La perfección es para la sociedad la meta, pero sólo porque se necesita un punto de referencia; es como navegar hacia el horizonte... Sabemos que es imposible llegar al horizonte. Asimismo sabemos que nunca seremos perfectos, pero lo intentamos de todos modos para obtener lo mejor de nosotros.
Entonces la vida viene y va por mí, o tal vez yo voy y vengo por la vida. A veces me pregunto si Benedetti no se habrá equivocado cuando dijo que la vida era una guerra con Dios -con cualquier dios-, y que los momentos de buena vida no son más que treguas; me pregunto si no será que la vida es una paz con Dios -de nuevo, con cualquier dios-, y tiene momentos de guerra. La verdad, me parece, es que la vida no es ninguna de las dos, y es las dos. La vida es un mundo entero, hay guerras en ciertos puntos, hay paz en otros.
No existen los absolutismos; incluso la vida misma no es concluyente, por definición. Morir tampoco es absoluto ¿estoy muerto cuando mi corazón ya no late por sí mismo? ¿cuando mi cerebro no funciona? ¿cuando nadie me recuerda? ¿cuando ni yo me recuerdo?
Los golpes vienen, a veces juntos, a veces con distancia. ¿Qué hago cuando un costalazo me deja sin respirar, y justo después me llega otro?
Me estoy ahogando, me mantengo en pie por inercia y porque caer o no caer no cambia nada. El golpe no me llega a mí pero me duele: caen gigantes.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario