sábado, 6 de agosto de 2016

Para hablar de amor, me parece totalmente necesario reconocer que encontrarse, enamorarse, y luego despedirse de alguien, es dar de lo que es uno y recibir de lo que es el otro. No sólo las acciones en sí mismas; sino que son los momentos, los gustos, sonidos, idas, vueltas, voces, gritos, susurros, sueños y miedos; todo eso, los suyos y los tuyos.

Terminan por irse uno o ambos, y quedas luego, en cualquier caso, en medio de la nada. Te quedas siendo alguien que no eres tú tal como recordabas, y empiezas a buscarte. Ése es el error. Aunque te sientes vacío ¡lo tienes todo! Aunque no lo sepas, y no te halles donde sea que te busques, estás todo tú, por todos lados; es sólo que no vas igual por la vida. Porque tus ojos ya no son los mismos, ni tampoco lo es el mundo (o sí, el mundo por fuera sigue igual, claro. Para ellos, que miran desde fuera una coraza, tu amor no es nada. Pero ahora, quizás de nuevo, sabes que el centro de todo lo que existe puede estar en unos ojos que te miran después de un beso). Tú no eres ya la misma persona que eras, a la que estabas buscando, y es por eso no te encontrabas. Para bien o para mal, alguien que se fue, vino y te dio una parte de sí mismo, al tiempo que le dabas una parte de ti.

Del amor queda un recuerdo entre tantas idas y vueltas para llegar a reencontrarse, redefinirse, rearmarse, revalorarse... y volver una y otra vez a reconocerse a uno mismo, que nunca vuelve a ser el mismo dos veces.

El amor te lleva en un viaje del que no vuelves nunca. Mueres en él, y finalmente naces de nuevo, para encontrar, te plazca o no, la felicidad de centrar el mundo en otros ojos y otro beso.

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