Fue cuando despertó que se sintió diferente a cualquier mañana de toda su vida, excepto una.
En la calle, el aire estaba como estático, el mundo emitía una radiación diáfana, pero aun así perceptible. Sintió que algo no estaba bien, y que, de todos modos, nunca se había dado cuenta de que algunos colores eran más opacos de lo que recordaba, como otros eran más vivos. Los verdes estaban en su mejor momento, y los rojos no podían estar peor. Fue ese mismo día cuando, en el bus, con la gente rodeándolo, se dio cuenta de que respiraban a un ritmo diferente al suyo; no sentía necesariamente un "ritmo" diferente, bien podría haber sido la profundidad de la inhalación o de la espiración, la calidez del aliento o cualquier cosa, pero optó por definirlo simplemente como ritmo. Las cosas van así y vienen así, las ideas también, entonces una idea sucedió a la otra y se le ocurrió que tal vez era más que la respiración; que era también el corazón palpitando, que eran sus ojos cuando se acostumbraban a la luz, que eran sus terminaciones nerviosas al sentir el roce del viento, que era su olfato ante los perfumes y emanaciones pestilentes de la gente. También notó, en clases, en reuniones sociales, o ante opiniones públicas, que su modo de ver las cosas era ahora diferente: más claro. Notó que los demás emitían juicios superficiales de temas trascendentales, que su simpleza rebosaba la parsimonia y que, entonces, también en el revoltijo lógico-racional era diferente. Se terminó por convencer de lo distinto que estaba cuando se negó al placer de amar a cualquier ser vivo, porque el amor opaca los juicios; cuando perdió el gusto de adorar la belleza de la gente y cuando se dio cuenta de que, en realidad, no le importaba si eran gentiles o no, si eran hermosos o no, si eran o no, porque sus actitudes eran fachadas de todo lo malo que querían ser, eran la cubierta que habían aprendido a poner sobre sí para ser considerados miembros amables de la sociedad, y entonces se dio cuenta de que todo fue falso. De que, hasta las palabras que podrían ser consideradas las más sinceras, debían soportar un proceso de transformación ante el aparato lógico y las emociones; someter las ideas al proceso consciente era quitarles su pureza y sinceridad.
Se propuso y aceptó, fácilmente ante las pruebas, que era el momento de admitir para él mismo su singularidad. Superioridad no fue la definición que encontró, porque después de todo ellos podían ser felices y él simplemente podía ser un ente dubitativo.
La singularidad te lleva ante muchas cosas, y a él le llevó a proclamar un ostracismo sobre sí. No tanto un ostracismo físico como un ostracismo social. Más duro, podría ser, ver al mundo vivo y no sentir más que curiosidad ante su impavidez y su oquedad. Un exilio del mundo sin que el mundo pueda notarlo, porque nunca dejó de ir a clases o a reuniones sociales, simplemente puso una cortina de hierro invisible entre él y los demás, para que todos le vieran, y ninguno le sintiera ni le llegara.
Por ese tiempo, la austeridad se apoderó de él, que antes fue sociable y extrovertido, que después fue retraído y solitario. De todos modos duró poco, porque pensó que, raíz de su distanciamiento, se haría notorio su cambio drástico y entonces vendrían los cuestionamientos, y hasta podría ser que le juzgaran por ellos, que le consideraran loco: "Yo no estoy loco -diría ante cualquier acusación-, son ustedes quienes no entienden que el mundo se puede ver con otros ojos. No entienden que, dentro de todo, mi visión del mundo podría ser, y es para mí, tan real como la suya. Lo que pasa es que ganan los que tiran más fuerte y no los que hablan más claro. Lo que pasa, y aquí no me la ganan, es que tienen miedo a considerarme". Ante esas dudas, decidió aparentar ante ellos: aparentar que era lo que esperaban que fuera, y que pensaba como ellos querían.
Entonces no quedó otro camino que aprender de sí, que conocerse, que descubrirse; porque los demás estaban ocupados aparentando y no pudiendo darse cuenta de que eso impedía conocerse de verdad con los demás.
Así pasó una vida, una vida de dos yo, de un yo real lúcido, y un yo notoriamente falso y común.
Un día, cuando los años y el entendimiento le llevaban su buen tramo, se despertó; y Fue cuando despertó que se sintió diferente a cualquier mañana de toda su vida, excepto una. Sintió algo que no sentía desde que se dio cuenta de lo raro que estaba el mundo. Se dio cuenta de que el aire estaba como estático, como diáfano. Salió a la calle y se dio cuenta de todo, de nuevo. La soledad nos aísla y vivimos con el peso de estar solos en el mundo incluso cuando estamos rodeados, y sólo es nuestra culpa.Vio a una niña de unos quince años, y vio en los ojos de ella su propia mirada.
Ahí mismo, en la calle, sintió que el pecho se le apretaba al respirar, que le dolía más respirar que ahogarse y que quería morir ahí mismo, porque el frío ya era mucho. Empezó a caer y entendió de verdad:
La gente, tan única y distinta, todos entre sí, tiene el miedo más común, y no lo dice. El miedo a estar solo. Eso es lo que te vuelve un mentiroso, un cínico que mira a los demás desde dentro de una burbuja y te condena a nunca amar ni conocer a nadie, sólo a ti. Eres tú mismo quien te oprime y te somete a la pena más grande del corazón: la soledad sincera. Todos en nuestras burbujas, con nuestras trabas y cortinas de hierro. Todos tan cerca y todos tan lejos. Entonces, somos todos iguales en el fondo, y ahí nos perdemos por ser distintos en la forma.
Pero yo -alcanzó a pensar en el piso, con su último hálito de vida- soy el más único de todos.
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