Una de las cosas más raras que me ha pasado ha sido verte aquí, digamos que aquí es un sueño, digamos un sueño. Podríamos decir -podría, porque soy sólo yo-, que eres la chica de mis sueños (o tal vez eres un chico y no lo noto porque mi mano no se ha deslizado por ahí por donde se nota el sexo de la persona, la manzana de adán -a que esperabas que dijera pene-). En fin, digamos -digo- que eres la chica de mis sueños, que me creo el cuento, que te miro, me miras, camino hacia ti, que de fondo suena Sex Bomb y que el viento hace que se nos mueva el pelo (siempre con estilo, siempre con ritmo, siempre sensuales), que entonces cuando llego hacia ti me miras, te miro, nos miramos, etcétera, y, después de toda esta parafernalia, te hablo y Cómo estás, y a qué te dedicas, y no me digas, un primo político en segundo grado salió con un tipo cuyo hermano estudió eso ¿En serio? No, y oye, no te he dicho hola, así que hola, Hola y Cómo te llamas, y me respondes un nombre inventado, Y tú cómo te llamas, así que invento un nombre también, porque aquí hay un acuerdo tácito sobre no decir nuestros nombres. ¿Quieres un café?, Bueno, Vamos.
En el café entiendo que no entiendo, que estoy -estamos- jugando un juego que no sé jugar y que, por lo tanto, no sé cómo ganar, y entonces tú ganarás al final; creo. Oye, mira, no es que esté aburrido, pero eres aburrida y no es que te hayas vuelto aburrida, es que tal vez siempre lo fuiste, pero no me di cuenta porque Sex Bomb y porque el sueño y te miré y me miraste. Como aburrirse no es algo que pase en digamos un sueño, me pregunto si te gustará el teatro, pero preguntarme no sirve de nada ¿te gusta el teatro? Me encanta, Pues anda, que yo tengo cosas que hacer ahora.
Creo que más enojado debería estar yo de lo que estaba ella, después de todo no es un sueño, no era un juego, y su nombre no era inventado... ¿por qué las mujeres mienten tanto?
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